¿Nos reinventamos?

 

No hace mucho, hace tan solo un mes, empezamos a encontrar en las vídeo llamadas, en cocinar y contarlo en redes sociales y mandar fotos de nuestros platos, en seguir tablas de entrenamiento a través de canales como Instagram o Youtube, adornar nuestras ventanas con dibujos de arcoíris, bailar al son del dúo dinámico o artistas que los versionaron, quedadas virtuales para tomar algo y un largo etcétera… la mejor opción para pasar el confinamiento. Las dos primeras semanas incluso el comentario general en los hogares era que faltaba tiempo a lo largo del día para poder hacer tantas y tantas cosas, llegando por momentos a tener la sensación de sobresaturación con tanta vida social y tantas tareas para hacer, a través de las redes sociales. Sin embargo, como ha ido ocurriendo con el estado de ánimo de una gran mayoría, esto que fascinaba en un inicio, ha ido perdiendo interés, se le ha ido quitando valor y se ha ido transformando en una tarea que se hace con cierto tedio, dejándonos entrar en un círculo vicioso de dejadez, desgana, abulia, …

John Eastwood, de la Universidad de York (Ontario), define el aburrimiento como el estado aversivo de querer, pero ser incapaz de participar en actividades satisfactorias, que nace de fallos en una de las redes de atención del cerebro. Así es que, es en nuestra cabeza donde se sitúa el problema y no en la actividad en sí.

Partiendo de este planteamiento ¿qué camino podríamos tomar para poner remedio a esto? Pues un punto de partida podría ser pararse y pensar qué queremos hacer, porque la marea de cosas que surgieron como entretenimiento físico al principio del confinamiento, no nos fueron impuestas y nos subimos a su carro, sin pararnos a pensar si eran cosas que queríamos hacer o no. Nos dejamos llevar por esta marea, quizá por la vergüenza a ser cuestionados por no entrar en el deseo de la mayoría, como seguro nos ha ocurrido en otras ocasiones en la vida. Esta dificultad para posicionarse con lo que uno mismo quiere o no quiere es, con mucha frecuencia, trabajada en los procesos terapéuticos de cambio personal. Lo que parece algo insignificante, como es hacer algo que no queremos, para muchas personas llega a ser el hilo conductor de sus vidas, acarreándole a la larga, malestar, enfado o ira. Porque cuando la persona se acostumbra a funcionar de esta manera, cuando el principal motivo de la vida es ser deseable socialmente, se olvida de sí misma y solo atiende a los demás. Y la  vida pasa, y cuando se da cuenta, se ha perdido muchas cosas importantes, ha dejado de hacer cosas para hacer por los demás. Cuando uno es consciente de esto conecta con la rabia y la tristeza. Sin embargo, puede transcurrir la vida y no hacerse consciente, somatizando o malfuncionando en otros aspectos de sí mismo, sin conocer el verdadero motivo del malestar.

Con esta crisis sanitaria que nos está obligando a reinventarnos para aprender a gestionarla emocionalmente mejor, cada cual tiene la oportunidad perfecta para, si no lo venía haciendo, empezar a posicionarse, a decidir sobre lo que quiere o lo que no quiere hacer, permitirse entrar en el rol de director novel de su propia vida e ir dirigiendo su propia historia. Para ello, uno debe cambiar su actitud reactiva por una actitud proactiva, con iniciativa para buscar lo que se quiere, para ocupar el día en lo que se desea…porque puede que la multitarea que nos llovió al principio de este confinamiento no sea de nuestro agrado…¿Seremos raros porque no nos gusten la videollamadas en grupos, raros porque no nos guste colgar en nuestras ventanas mil dibujos de arcoíris, o porque no nos guste bailar el “Resistiré” de las 20h de la tarde acompañado de un emotivo aplauso? ¿Qué van a pensar mis vecinos si no me ven salir a aplaudir o mis conocidos, si no quiero participar en la videollamada de los sábados por la tarde a la hora del café?… Ante estas dudas…uno tiene dos opciones, hacer para responder a las expectativas de los otros o hacer para satisfacerse a sí mismo, aprendiendo a soportar, eso sí, el malestar por el qué dirán y afrontar el miedo (injustificado o no) a sentirse una persona menos querida.

 

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